La ciudad de los techos rojos

Que el D.F. es un gigante de ladrillos, que allá el aire es pesado y consume las pieles acostumbradas a la crema humectante. Que los que se van del país, Colombia, suelen ver cosas distintas a mucho pesar de quienes sueñan con largarse de la rutina de estos rincones… tal vez el próximo texto dé pistas de lo que pueden ver los ojos de un colombiano en esa tierra hecha de rancheras, buenos conversadores, ají y  folclor.

Por: Claudia Arboleda

I Parte

Ya se ven los techos rojos desde estos 10 mil pies de altura, bloques enormes de casas de colores que van formando las colonias de esta ciudad sin fin; gusanos interminables de autos cubren el paisaje de autopistas que se pierden entre la neblina de este 7 de octubre.

A las 12:30 del día el piloto del avión anuncia que estamos próximos al D. F., en unos 20 minutos estaremos aterrizando en la que será mi ciudad durante algún tiempo (indefinido y eterno por ahora).

El corazón se me va arrugando y un intento de llanto desemboca en un suspiro largo, es cierto que me fui, no lo había podido ver hasta ahora, dos meses después de aceptar una propuesta de trabajo que, según los entendidos, es un éxito más en mi carrera profesional, además de que cumplo el sueño de tanta gente de irse del país, ¿mi sueño? No, no, yo no me permito esas rarezas, yo vivo el día (aunque no siempre) y trato de hacerlo sin dejarle nada al azar, pensando siempre en la probabilidad de que la muerte me asalte mientras me cepillo los dientes después del almuerzo o durante un concierto en un parque, convirtiéndome así en un indocumentado más que le ahorra aire a la humanidad.

También es cierto que el miedo se instala un poco entre tus costillas, en esta ciudad vive mucha gente, MUCHA, y lo que dicen del tráfico es 100% verdad: aquí difícilmente se transita por las avenidas principales y no existen los atajos que lo conduzcan a uno de forma segura.

Tampoco la contaminación es un mito, los ojos me ardían un poco cuando venía en el carro hacia la oficina y los lentes de sol lograban apenas atenuar el reflejo del incipiente sol de invierno.

Pero hay cosas que compensan las ausencias que ya empiezo a sentir. Esta mañana por ejemplo, venía para la oficina en un taxi recorriendo “veloz” la ruta del periférico sur (que si no estoy mal, es una de las avenidas que cruza entera la ciudad) y en uno de los costados de la construcción, en medio de la fila interminable de carros, los obreros se iban desvistiendo para ponerse su ropa de trabajo, desprevenidos, sin ocuparse mucho de las señoras que se van maquillando en su carro y ocasionan tantos accidentes; vi piernas largas, blancas y flacas; calzoncillos negros, rojos y azules (ninguno blanco); caras de sueño, un poco de hambre tal vez y el inconfundible gesto de las ganas del primer café con cigarrillo de la mañana. Cosas que llenan la ciudad y la vida de los expatriados, bueno, de los que como yo habitamos el silencio de nuestros días y los pies fríos en invierno (a veces también en verano).

Y claro, claro que me haces falta, a pesar de que voy a verte el lunes o el domingo, y de que tus visitas a este país son más comunes de lo que nunca podría haber imaginado, pero todo depende de la hora a la que llegues y los ánimos que tengas, depende también de mi cansancio y mi capacidad de disimular al día siguiente; depende de que no te quiera y pueda estar en silencio; depende de que 25 millones de personas que habitan esta ciudad nos vean pero no nos conozcan, depende de que siempre llegue la noche y la distancia no sea muy grande; depende del presupuesto de tus viajes y el engaño de mi memoria; dependerá de que todo sea mentira y mi vida corra, como hasta ahora, sin darme cuenta y sin sorprenderme.

Aquí estoy por ahora, muy a pesar mío y de tantos otros que mencionaré después. Buen viaje, ahora que eres mi innombrable.

María Tamayo.

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This entry was published on 30 marzo 2010 at 17:03. It’s filed under 1 and tagged , , , , , . Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

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