Usted a veces ni se da cuenta, la camina por inercia y se confunde en las esquinas que la puntean y la definen: unas buenas, otras apáticas, unas cuantas malas (sí, unas cuantas) y sin darse cuenta, hace parte del sistema circulatorio de una ciudad que se muere sin usted.

Nos encontramos con este video, y nos gustó la metáfora en sus imágenes, esperamos lo disfrute #Cotidianidad

miniaturaMedellín from Felipe Zapata on Vimeo.

Una sábana blanca colgada en un rincón de la calle, una cámara al frente y toda la sensibilidad del fotógrafo Édgar Domínguez… de ahí sale esta serie de retratos de algunos personajes urbanos de Medellín.

Ver más fotos en la galería de El Grifo.co o en la Página de Facebook

Si se sienta aquí con la sola intención de observar… terminará conociendo realmente de qué se trata todo esto de la cotidianidad en una ciudad con tonalidades de pueblo, metrópoli, ego engrandecido, tímida y soñadora.

Lo mejor de todo es que usted hace parte del juego, del estado de ánimo de esa que se llama Medellín y la titula más de un periodista que la imagina, mas no se sienta realmente a observarla.

Use las bancas de Medellín, las viejitas y las nuevas; lo importante es que la mire, la respire, la escuche.

EG/ Ideas Fluyendo…

Foto / Leo Prieto

La ciudad que a uno le prohíben es esa que sale en la televisión abandonada por los titulares de un periodista inspirado en aquello que supone.

Caminar a Medellín se convierte en una dicotomía entre lo que se escucha todos los días en la voz cotidiana del locutor de radio y los comentarios de la mamá que empiezan con un “ayer me contaron…” en contraste con unas avenidas que se lolean desde la ventana de un bus, automóvil, metro o sillín de bicicleta.

Cada quien le pone la banda sonora que quiera, cables salen de las orejas de peatones y pasajeros. Señoras ventanean o hacen mandados para un almuerzo que reúne por espasmos de tiempo a comensales que ponen en común lo que va de su día.

Sin embargo, es extraño ver que el medio día es amenizado por unas noticias de televisión bastante abruptas, donde enumeran en una cifra pasmosa víctimas del clouse up del camarógrafo que quiere meterle drama al asunto y una voz agónica que apoya las imágenes.

La llamada realidad que se escupe en la pantalla del televisor y en las ventanas de ciertos portales periodísticos, entra a contrastar con una dinámica interesante que El Grifo tiene con sus usuarios: hablar de lo que a todos nos pasa.

Y no nos referimos propiamente a quejas sobre un servicio, o un político (aunque debería caber en la misma categoría) sino de momentos oportunos del día donde se habla del tendero de confianza, del Combo Tienda por el que le gusta ir a eso de las 4:00 de la tarde, los taxistas con su intro social a través del estado del tiempo, el diseño de las bicicletas de domicilio, las escenas urbanas que todos presenciamos y que nos gusta compartir con un estilo muy propio.

Así nos hemos dado cuenta que el oficinista tiene una ruta de escape en Twitter, que hay fotógrafos que se encargan de darle una mirada personal a la ciudad, que hay esquinas aptas para darse un beso, que el clima inspira a tomarse una cerveza o a soñarla.

Aquí seguimos en esta rutina de contar otras historias de Medellín, es más, creamos un Consultorio Amoroso donde cada quien sabrá qué decirle a la ciudad, una especie de terapia que nos revela día a día qué sienten nuestros lectores por este pueblito con aires de grandeza.

Nos dio por crear este Consultorio Amoroso en nuestra revista, simplemente porque a veces uno quiere decirle algunas cositas a la ciudad en la que se levanta tooodos los días.

Esperamos le diga a Medellín lo que se merece… haciendo clic aquí

 

 

Fotografía // Jota Arango

Hacer una publicación como El Grifo.co se vuelve una ruleta compartida entre la mirada particular que cada participante tiene de la calle, sus sujetos y costumbres; y la visión única de una cantidad de extraños que se hacen nuestros “amigos” en algunas redes sociales o espacios de comentarios en la revista.

Cuando nos entrevistan siempre nos tiran la mirada de “cómo sobreviven” o hasta llegan a catalogarnos de “valientes”, como si hablar bien de la ciudad ya fuera de por sí una manía rara en estos días.

El caso es que cada vez que pensamos en un tema, nos arriesgamos a ver a Medellín con los ojos bien puestos en sus aceras, pero también en las muchas líneas que dicen revelarla, pero que a la final la suman en una cantidad de estadísticas en las que pocos se sienten identificados.

Y nos atrevemos a asegurar esto, por la simple razón que cada vez que hablamos de un “combo tienda favorito”, de ese “antojo callejero” que lo hace parar en su trajín del día, o sugerimos la simple acción de cómo llama cada uno a su tendero de confianza, porque sí, se suele tener uno cerca, hay una mayor respusta que cuando se dicen índices de alcoholismo en los jóvenes o el aumento de homicidios… sí, existen tales casos, mas no somos sólo esa parte.

Tal vez sí se nos antoje ser valientes después de todo: al tratar de llevar al clic cada vez que retratamos a ese sujeto que nadie suele mirar, o a ese espacio casi único para besar en Medellín (que por cierto Ciudad del Río parece ser el lugar favorito de Cupido).

No nos cansamos de contar a la Medellín que acoge a la clase media colombiana, la misma que se abruma cada vez que ve noticias por televisión y le cuentan las desgracias ajenas de una cantidad de gente que se hace vocera de caóticas realidades.

Continuamos con el ímpetu de rescatar esas manías sanas que todo ciudadano suele tener: ver el reloj de la oficina cada cinco minuticos al final del día, hablar de la pereza que da levantarse un jueves con el penúltimo esfuerzo de la semana, debatir sobre recuerdos tan básicos como el rin rin corre corre, que por estos días se extingue más por la aparición de grandes torres de edificios con portero, que por la pereza de los nuevos infantes acostumbrados a su Xbox…

Eso es El Grifo.co, un cúmulo de golpes sobre las letras del teclado que son compartidas, no sólo por los editores que participan de ella, sino por quienes nos revelan sus sentimientos en 140 caracteres en Twitter o nos comparten fotografías o párrafos cotidianos en Facebook.

Ahí estamos, dispuestos a seguir fluyendo en una ciudad que se hace “caóticamente” interesante para contar después de todo.

Paola Hincapié Ll.

Ilustrador que se respete empieza a tener fanaticada con las tías y la mamá… de ahí pasa a la vieja que le esté echando el cuento, y en caso de ya ser profesional, muestra su trabajo al jefe y a los amigos que se animan a darle ideas de algo que escuchó o vio en algún momento.

En Medellín está Raúl Orozco, un tipo que a primera vista parece demasiado serio, pero que se guarda comentarios de esos que dejan a su interlocutor buscando una risa cómplice de lo que él  acaba de decir con especial finura; sin embargo ese tipo de respuesta no se da siempre.

El Grifo.co se topó con las ilustraciones de Raúl una vez en la Tienda del MAMM y en un lugarcito bohemio de Santa Fe de Antioquia.  En ambas sus postales reposaban tímidas, como él, en un rinconcito lleno de artículos atractivos a la vista; sin embargo, uno llega a su obra por la genialidad de sus palabras… tan cotidianas como nos gustan en esta revista: “Tomate alguito” “Me frité” “Ya estoy tostado” y “A mí también me crió la tele” son algunas de las frases que acompañan su trabajo.

Actualmente pasa sus ocho horas legales (seamos sinceros a veces más) en una agencia que le da estabilidad laboral, y en la que explota  sus dotes de dar vida  a líneas y dibujos, que con cierta frecuencia él tacha de “bobadas” o de “muñequitos, como le dicen las tías”.

Decir que a Raúl le gusta dibujar no sería nada nuevo, pero que se gaste de 2 a 3 libreticas al mes, ya da pistas de su manía de registrar todo en sus cuadernos.

Que si la ilustración le ha servido para cotizar, dice que sí, que no siempre… incluso se anima una que otra vez a “proponer desnudos, pero todavía no me han hecho caso” (primera sonrisa de la entrevista).

“La gente más fea es más fácil de manejar, por sus gestos y la expresión corporal” asegura cuando se le pregunta de dónde saca a ciertos personajes. Con ese concepto se entiende el porqué de las ilustraciones de Falcao García y Lionel Messi; sin embargo hay unos que son de una completa invención: “la rata es uno que la gente ya reconoce, y también al Jaguar…” el de Jaguar you .

Raúl se dedica a escuchar, a poner atención a los espacios, situaciones y personajes que se topan en su rutina diaria: “perfectamente puede surgir algo en un bus… o casos que para algunos pueden pasar desapercibidos se convierten en una ilustración”.

Como buen publicista que es, cuando ve su trabajo de hace 4 años se burla de él, se podría tomar por el lado de la madurez y el cambio en la mirada que se le dan a ciertas cosas: sin embargo una etapa que le dio sustico fue precisamente cuando pasó a seleccionar lo que sería el combo de postales que saldría a vender: “fue difícil porque se pasaba de lo que tenía en el computador, cosas que de pronto empecé haciendo para mí, y que ya se iban a mostrar en  la vida real.” Habla de las 350 cajas que llegaron a su oficina y que debían por fin enfrentarse a la, a veces dolorosa, crítica del público.

Sin embargo las ilustraciones de Raúl son tan sinceras y cotidianas que es imposible no sentirse identificado, valor clave y agregado en la obra de cualquier creativo.

Sea El Parque de El Poblado, La Villa, Envigado o las callejuelas del Lleras; Raúl sale con los ojos dispuestos y los oídos atentos a cualquier novedad que pueda aportarle a sus personajes: incluso el de I`m Zorry le sirvió en una oportunidad para pedir perdón.

Brasil conoció su trabajo a través de la revista Ideafixa… una forma distinta de contar este pedazo de tierrita en otras latitudes.

El ilustrador que hay en Raúl se esfuerza por trabajar más y mejorar sus creaciones… sigue con la idea de continuar con la ola creativa que mostró en su primera producción de postales; seguirá montando en bus, seguirá callejeando y escuchando conversaciones y expresiones ajenas para sacar material que le permita seguir con su línea literal; pero algo que sí puede dejar tranquilo a Raúl, es que los imanes de sus creaciones seguirán reposando en la nevera de las fanáticas más fieles… sus tías :)

Andrés Jiménez /

Sin duda, es uno de esos lugares insignias de la ciudad, según Leonel, Mario y sus clientes. Está lejos de tener piscina, canchas de tenis, gimnasio… pero los que van a conocer, regresan al Club de los tranquilos.

Mientras liberales y conservadores “vivían” en 1962 la coalición política y electoral que denominaron Frente Nacional; el Club Deportivo Millonarios se adjudicaba campeón y cocía una estrella en su camiseta; la Ley  0014 “por la cual se dictan normas relativas al ejercicio de la medicina y cirugía” se estipulaba. Octavio Villa se encontraba en su residencia, sentado,  quizás tomándose una cerveza de botella helada en compañía de su señora, Hilsa Álvarez.

En medio de su ensimismamiento y la tranquilidad de la calle, no sospechaba que ese era el día que el consejo de un compadre lo haría tomar una de las decisiones más importantes para su vida, abandonar a Pueblo Rico – el mapa lo registra en el suroeste de Antioquia – y buscar una oportunidad en un terreno, una manga por donde arriaban vacas y que iba forjándose como ciudad, un espacio que llamaban Medellín.

Era dejar atrás el parque del pueblo en donde había crecido, raspado sus

rodillas, jugado avioncito – también conocido como rayuela o golosa -, besado, enamorado a las niñas y a Hilsa, pegado una que otra merluza… era el sitio en que ahora crecían y revoloteaban seis de sus ocho hijos.

Junto a su querida esposa, dieron el sí y de inmediato maleta en mano. La familia alineada de pie – como para una foto – recién llegada y con corotos al hombro, le decía a la ciudad que ellos eran nuevos, primíparos, unos completos extraños que llevaban cara de ilusión y varias horas de viaje, que la caja amarrada con cabuya anunciaba que no estaban allí de paso, que la cosa iba para largo.

Descargaron en el Parque de Belén, un sector que en la época no era de tanto vaivén como hoy, con sus negocios, automóviles, buses, camiones y motos. Ahí, en ese hogar frente al parque y las palomas, a la familia se agregaron dos nuevos integrantes y, precisamente allí, bajo ese humilde techo, nació lo que después -en 1977- se llamaría “El Club de los Tranquilos”.

Al inicio funcionó como una legumbrería. Se vendía por lo que se preguntaba: arroz, papa, tomate, leche y demás productos de la canasta familiar; aunque el Club tenía algo que lo diferenciaba de sus competidores y definitivamente trazó un horizonte para su futuro: se compraba cerveza, aguardiente, ron y se charlaba amenamente mientras se bebía y se escuchaban las campanadas de la iglesia.

Don Octavio veía crecer su familia y negocio; tal era su auge que hubo la necesidad de buscar un local para restablecerse. Lo encontró y rentó a tres cuadras, en plena canalización. Los chiros ya se podían cambiar, la comida de los suyos estaba garantizada, su trabajo lo embelesaba, la gente lo apreciaba… Octavio no podía pedir más a la vida y, cuando su momento final llegaba, dio gracias por su espléndida familia y supo que la ciudad lo recibió bien, le brindó un espacio y le regaló un sueño que cultivó en sus años de vida.

La nueva generación

Con el fallecimiento de su dueño, El Club de los Tranquilos no tenía quién atendiera. Ya no había nadie que levantara la reja. Sus fieles clientes pensaron que la tranquilidad había acabado, que aquel mediano espacio sería vendido, que los aguardienticos, la cervecita y los roncitos habría que buscarlos en otro bar, quién sabe si tan acogedor y amable como el Club de los Tranquilos.

No fue así; el Club no se vendió, los traguitos sí se podían seguir tomando, la reja volvía a desplazarse hacia arriba, la tranquilidad había regresado. Leonel y Mario Villa – mayor y menor respectivamente – sintieron que por lo que su padre les dio educación, alimento y algunos lujos, no podía quedarse cerrado con un switch en off.

Así, luego de Leonel renunciar a su trabajo en Noel, decidió salir con Mario, quien estaba desempleado entonces, a abrir el negocio y continuar con el legado familiar. Sus hermanos, en cambio, se hicieron a un lado y evitaron participar. “Este negocio es de herencia. Yo no me arrepiento de haberme salido de Noel y venirme con Mario pa’ aquí”.

Switch on, los clientes regresaron y felices se sentaban a beber una copa y tertuliar un rato. Los dos hermanos comenzaban así a ganarse un puesto en el corazón de los clientes que Octavio había recibido y despachado durante años.

Ahora eran los dueños, el cambio ya estaba hecho, sin embargo, una tarde

como cualquier otra, mientras todos conversaban, escuchaban un tango de

Gardel y vaciaban sus copas, la dueña del espacio les reclamó las llaves a las nuevas cabezas del bar; no podrían estar más allí, ella necesitaba el lugar.

Resultaba paradójico: ahora el problema no era quién abriría, sino dónde abriría. Las mentes de Leonel y Mario sólo se concentraban en la búsqueda de un nuevo espacio para el Club. Busque allí y allá, que el local está muy caro o demasiado lejos, muy pequeño… entre el toque de puertas y llamadas les resultó el local en el que hoy reza su establecimiento: sobre un costado de la congestionada calle 30.

Suena ya irónico el nombre del bar en su nueva sede, a unos pasos de una vía excesivamente transitada, con un alto flujo de contaminación auditiva.

Sin embargo, en este sitio de abundantes cuadros, iluminación escasa, de tangos, porros y boleros en las tardes, de música “bailable” – como la describe Mario – en las noches, de mesa metálica con patrocinio a bordo, colección de latas de cerveza, ventiladores en el techo, baños decorados con un toque floral, cientos de cassettes de dudosa funcionalidad, dos filas de CD que en medio son acompañadas por un viejo equipo de sonido, un colgadero de llaves en la que los clientes bebedores más frecuentes las dejan por responsabilidad y una barra de madera que alberga más de mil historias, las personas están tranquilas, pareciera que los constantes cláxones de los automóviles y buses no los perturbaran en absoluto; ellos simplemente leen la prensa, charlan, bailan por toda la pista o a dos baldosas, se toman una media de aguardiente, corean las canciones… se alejan de la realidad que tienen al lado.

Los Tranquilos

Hoy, Leonel, un hombre de 50 años, de baja estatura, “pinta” juvenil y cabello engominado, al lado de Mario, de 49, igual tamaño, bigotes y camisa desabotonada con gafas en el bolsillo, han logrado que lo que su padre les dejó en vida no muriera con él. Ambos se sienten orgullosos del lugar, de ellos mismos por darle vida y aumentar el prestigio que tenía desde la época de Octavio.

Ya no es una legumbrería y aunque Leonel y Mario no sepan por qué el Club es un bar – los bares son atendidos por sus dueños, son de mesa redonda, de música suave para que las personas puedan conversar…-, los Tranquilos se cuelgan ese apelativo. Hoy por hoy, la reja se abre a las 2:00 p.m., se barre, trapea, se limpian las mesas, la barra… comienza un nuevo día.

Es jueves, son las 4:00 p.m., en el Club están algunos mayores, no tan viejos como ellos se dicen burlando los años, y en compañía de Mario tratan de resolver un crucigrama de un periódico local. Preguntan por el nombre de un actor del jet set criollo, consultan el diccionario frecuentemente para buscar palabras, otras ya las saben. Neftalí y Carlos yacen sentados en silencio, no un silencio incómodo, sino uno que comunica.

Uno lee la prensa y de repente comienzan a hablar de nuevo con Mario, quien lanza una nueva pregunta. Neftalí, de pelo blanco, ojos rasgados y organizada vestimenta cuenta que lleva más o menos un año y medio frecuentando el lugar; por su parte, Carlos, de pelo negro y más desarreglado que el primero, tiene un promedio de veinte años visitando el negocio. Ambos vienen solos.

Comúnmente en las tardes, El Club de los Tranquilos es meramente masculino, la cultura antioqueña se ha encargado de que las mujeres encuentren otros placeres y divertimentos en lugares que no sean bares, como es el caso.

- ¿Por qué no vienen con sus mujeres?

- A mi señora no le gusta venir, ella se queda mejor en la casa tejiendo, viendo televisión o leyendo, pero no, ella qué va a venir acá. Si viene, se devuelve a los cinco minutos.

- Ella se reúne con las amigas, entonces pa’ qué va a venir aquí. Ella sí me dice: papito, vaya tranquilo que yo algo encuentro pa’ hacer.

Neftalí y Carlos no están bebiendo nada, el primero porque le gusta tomarse el primer whisky a las 6:00 de la tarde en punto, “porque ya no me puedo tomar los aguardienticos por el azúcar”; el segundo “porque es que hace como dos días que me viene doliendo el pescuezo”, en otras palabras, la garganta.

No tienen la necesidad de consumir nada para poder estar sentados allí, saben de antemano que son recibidos, consuman o no, algo sin duda muy particular por el hecho de que a estos lugares sólo pueden sentarse los que van a consumir algo, porque si no, son prácticamente desechables.

Leonel y Mario afirman que gran parte de su popularidad se debe a eso, al hecho de poder ir al Club, sentarse unas horas y conversar, para luego pararse y despedirse. “Nosotros no acosamos, el que quiera se compra lo que va a tomar, si no, también bienvenido sea desde que se porte bien”, dice Leonel.

Los temas de conversación nunca faltan, siempre hay algo que se discute en las mesas. Que la situación política, la plata, la vida, el pasado, el trabajo… infinidad de tertulias comienzan con un simple comentario. “Venga los sábados y ve que esto aquí se vuelve un gallinero con todos los señores hablando de una cosa y de la otra.

“Por ejemplo, en estos días habían unos que le tiraban flores a Uribe y eso llegaban otros ahí mismito a decirles que no, que ese presidente es igual de malo que los otros… no, no, no, eso fue una algarabía”, cuenta Mario entre risas a la vez que pregunta por otro famoso de la farándula nacional. Ese día, Neftalí se tomó su whisky a las seis en punto y Carlos no, por su pescuezo.

Fin de semana

“¡Leonel, un vodka y un ron por favor!” Grita alguien desde una mesa. Es viernes en la noche y el ambiente del bar así lo hace notar. “Aquí, fuera de lo típico, vendemos whisky, vodka, ginebra, brandy… esos normalmente se venden por trago”, señala Leonel en un vaivén de copas y botellas. El lugar está a reventar, son varios carros con luces intermitentes encendidas, lo que da un nuevo aspecto al Club, diferente al del día anterior. No se ven los mayores, hoy son más “jóvenes” los que albergan las mesas.

Dos señoras compran dos cervezas y se sientan a esperar a que la noche, sus prendas ajustadas y las canciones tropicales les dejen un par de príncipes. Quieren bailar, mueven los pies y menean sus cabelleras al ritmo de “…en Barranquilla se baila cumbia bien sabrosa”.

Casualmente, una de ellas es sacada a azotar baldosa por varios hombres, la otra tendrá que conformarse con otro aluvión de alcohol, más crispetas y naranjas, de pronto una mirada con desdén y una madreada interna a los hombres que no la invitan, disfrazando todo bajo una sonrisa tan falsa como los diamantes de sus aretes.

Al son de las copas, canciones como “Sabor a mí” de Toña la negra y “Usted es la culpable” de Luis Miguel se pasa la noche en El Club de los Tranquilos.

A pesar de que abre todos los días hasta altas horas de la noche, Leonel tiene a su mujer, Marcela Rodríguez, y junto a ella han criado a sus dos hijos, Leonardo – Ingeniero de la U de A, 23 años – y Natalí – estudiante de tercer semestre de Negocios Internacionales de la Luis Amigó, 19 años. – Mario por su lado, es soltero y no tiene familia, su único desvelo es el porvenir del negocio; tal es así que su casa está ubicada en el piso de arriba del bar, mientras Leonel habita en el mall de la 76.

Ambos son diferentes en varios aspectos: vestimenta, familia, hogar…pero definitivamente coinciden en tres factores: la estatura, su devoción al Deportivo Independiente Medellín y el saber que con ellos morirá el negocio. Las dos cabezas del Club llegaron a ese acuerdo.

El sueño de su padre se mantiene vigente, pero Leonel niega la ideología de que sus hijos continúen cuando él falte, por eso evita al máximo invitarlos. Mario apoya a su hermano, ha concluido que, a pesar de que faltan algunos años para que ocurra, El Club de los Tranquilos pasará a ser un recuerdo en la mente colectiva de una ciudad que les abrió las puertas como a su padre, les permitió un nuevo hogar, les regaló una familia, no sólo consanguínea, sino de amigos inseparables.

Saben los dos que algún día, de aquella columna azul embaldosada descolgarán el retrato de su padre, quien con una cerveza de botella helada hace un brindis por todo el bar. Lo bajarán de allí, sabrán que, por la vida que llevaron y por lo que dejaron, él estará tranquilo, como el nombre que inventó para su sueño. Switch off.

Metro

Por ahí…

Un rincón

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 2.238 seguidores