
Andrés Jiménez /
Sin duda, es uno de esos lugares insignias de la ciudad, según Leonel, Mario y sus clientes. Está lejos de tener piscina, canchas de tenis, gimnasio… pero los que van a conocer, regresan al Club de los tranquilos.
Mientras liberales y conservadores “vivían” en 1962 la coalición política y electoral que denominaron Frente Nacional; el Club Deportivo Millonarios se adjudicaba campeón y cocía una estrella en su camiseta; la Ley 0014 “por la cual se dictan normas relativas al ejercicio de la medicina y cirugía” se estipulaba. Octavio Villa se encontraba en su residencia, sentado, quizás tomándose una cerveza de botella helada en compañía de su señora, Hilsa Álvarez.
En medio de su ensimismamiento y la tranquilidad de la calle, no sospechaba que ese era el día que el consejo de un compadre lo haría tomar una de las decisiones más importantes para su vida, abandonar a Pueblo Rico – el mapa lo registra en el suroeste de Antioquia – y buscar una oportunidad en un terreno, una manga por donde arriaban vacas y que iba forjándose como ciudad, un espacio que llamaban Medellín.
Era dejar atrás el parque del pueblo en donde había crecido, raspado sus
| rodillas, jugado avioncito – también conocido como rayuela o golosa -, besado, enamorado a las niñas y a Hilsa, pegado una que otra merluza… era el sitio en que ahora crecían y revoloteaban seis de sus ocho hijos. |
Junto a su querida esposa, dieron el sí y de inmediato maleta en mano. La familia alineada de pie – como para una foto – recién llegada y con corotos al hombro, le decía a la ciudad que ellos eran nuevos, primíparos, unos completos extraños que llevaban cara de ilusión y varias horas de viaje, que la caja amarrada con cabuya anunciaba que no estaban allí de paso, que la cosa iba para largo.
Descargaron en el Parque de Belén, un sector que en la época no era de tanto vaivén como hoy, con sus negocios, automóviles, buses, camiones y motos. Ahí, en ese hogar frente al parque y las palomas, a la familia se agregaron dos nuevos integrantes y, precisamente allí, bajo ese humilde techo, nació lo que después -en 1977- se llamaría “El Club de los Tranquilos”.
Al inicio funcionó como una legumbrería. Se vendía por lo que se preguntaba: arroz, papa, tomate, leche y demás productos de la canasta familiar; aunque el Club tenía algo que lo diferenciaba de sus competidores y definitivamente trazó un horizonte para su futuro: se compraba cerveza, aguardiente, ron y se charlaba amenamente mientras se bebía y se escuchaban las campanadas de la iglesia.
Don Octavio veía crecer su familia y negocio; tal era su auge que hubo la necesidad de buscar un local para restablecerse. Lo encontró y rentó a tres cuadras, en plena canalización. Los chiros ya se podían cambiar, la comida de los suyos estaba garantizada, su trabajo lo embelesaba, la gente lo apreciaba… Octavio no podía pedir más a la vida y, cuando su momento final llegaba, dio gracias por su espléndida familia y supo que la ciudad lo recibió bien, le brindó un espacio y le regaló un sueño que cultivó en sus años de vida.
La nueva generación
Con el fallecimiento de su dueño, El Club de los Tranquilos no tenía quién atendiera. Ya no había nadie que levantara la reja. Sus fieles clientes pensaron que la tranquilidad había acabado, que aquel mediano espacio sería vendido, que los aguardienticos, la cervecita y los roncitos habría que buscarlos en otro bar, quién sabe si tan acogedor y amable como el Club de los Tranquilos.
No fue así; el Club no se vendió, los traguitos sí se podían seguir tomando, la reja volvía a desplazarse hacia arriba, la tranquilidad había regresado. Leonel y Mario Villa – mayor y menor respectivamente – sintieron que por lo que su padre les dio educación, alimento y algunos lujos, no podía quedarse cerrado con un switch en off.
Así, luego de Leonel renunciar a su trabajo en Noel, decidió salir con Mario, quien estaba desempleado entonces, a abrir el negocio y continuar con el legado familiar. Sus hermanos, en cambio, se hicieron a un lado y evitaron participar. “Este negocio es de herencia. Yo no me arrepiento de haberme salido de Noel y venirme con Mario pa’ aquí”.
Switch on, los clientes regresaron y felices se sentaban a beber una copa y tertuliar un rato. Los dos hermanos comenzaban así a ganarse un puesto en el corazón de los clientes que Octavio había recibido y despachado durante años.
Ahora eran los dueños, el cambio ya estaba hecho, sin embargo, una tarde
| como cualquier otra, mientras todos conversaban, escuchaban un tango de |
Gardel y vaciaban sus copas, la dueña del espacio les reclamó las llaves a las nuevas cabezas del bar; no podrían estar más allí, ella necesitaba el lugar.
Resultaba paradójico: ahora el problema no era quién abriría, sino dónde abriría. Las mentes de Leonel y Mario sólo se concentraban en la búsqueda de un nuevo espacio para el Club. Busque allí y allá, que el local está muy caro o demasiado lejos, muy pequeño… entre el toque de puertas y llamadas les resultó el local en el que hoy reza su establecimiento: sobre un costado de la congestionada calle 30.
Suena ya irónico el nombre del bar en su nueva sede, a unos pasos de una vía excesivamente transitada, con un alto flujo de contaminación auditiva.
Sin embargo, en este sitio de abundantes cuadros, iluminación escasa, de tangos, porros y boleros en las tardes, de música “bailable” – como la describe Mario – en las noches, de mesa metálica con patrocinio a bordo, colección de latas de cerveza, ventiladores en el techo, baños decorados con un toque floral, cientos de cassettes de dudosa funcionalidad, dos filas de CD que en medio son acompañadas por un viejo equipo de sonido, un colgadero de llaves en la que los clientes bebedores más frecuentes las dejan por responsabilidad y una barra de madera que alberga más de mil historias, las personas están tranquilas, pareciera que los constantes cláxones de los automóviles y buses no los perturbaran en absoluto; ellos simplemente leen la prensa, charlan, bailan por toda la pista o a dos baldosas, se toman una media de aguardiente, corean las canciones… se alejan de la realidad que tienen al lado.
Los Tranquilos
Hoy, Leonel, un hombre de 50 años, de baja estatura, “pinta” juvenil y cabello engominado, al lado de Mario, de 49, igual tamaño, bigotes y camisa desabotonada con gafas en el bolsillo, han logrado que lo que su padre les dejó en vida no muriera con él. Ambos se sienten orgullosos del lugar, de ellos mismos por darle vida y aumentar el prestigio que tenía desde la época de Octavio.
Ya no es una legumbrería y aunque Leonel y Mario no sepan por qué el Club es un bar – los bares son atendidos por sus dueños, son de mesa redonda, de música suave para que las personas puedan conversar…-, los Tranquilos se cuelgan ese apelativo. Hoy por hoy, la reja se abre a las 2:00 p.m., se barre, trapea, se limpian las mesas, la barra… comienza un nuevo día.
Es jueves, son las 4:00 p.m., en el Club están algunos mayores, no tan viejos como ellos se dicen burlando los años, y en compañía de Mario tratan de resolver un crucigrama de un periódico local. Preguntan por el nombre de un actor del jet set criollo, consultan el diccionario frecuentemente para buscar palabras, otras ya las saben. Neftalí y Carlos yacen sentados en silencio, no un silencio incómodo, sino uno que comunica.
Uno lee la prensa y de repente comienzan a hablar de nuevo con Mario, quien lanza una nueva pregunta. Neftalí, de pelo blanco, ojos rasgados y organizada vestimenta cuenta que lleva más o menos un año y medio frecuentando el lugar; por su parte, Carlos, de pelo negro y más desarreglado que el primero, tiene un promedio de veinte años visitando el negocio. Ambos vienen solos.
Comúnmente en las tardes, El Club de los Tranquilos es meramente masculino, la cultura antioqueña se ha encargado de que las mujeres encuentren otros placeres y divertimentos en lugares que no sean bares, como es el caso.
- ¿Por qué no vienen con sus mujeres?
- A mi señora no le gusta venir, ella se queda mejor en la casa tejiendo, viendo televisión o leyendo, pero no, ella qué va a venir acá. Si viene, se devuelve a los cinco minutos.
- Ella se reúne con las amigas, entonces pa’ qué va a venir aquí. Ella sí me dice: papito, vaya tranquilo que yo algo encuentro pa’ hacer.
Neftalí y Carlos no están bebiendo nada, el primero porque le gusta tomarse el primer whisky a las 6:00 de la tarde en punto, “porque ya no me puedo tomar los aguardienticos por el azúcar”; el segundo “porque es que hace como dos días que me viene doliendo el pescuezo”, en otras palabras, la garganta.
No tienen la necesidad de consumir nada para poder estar sentados allí, saben de antemano que son recibidos, consuman o no, algo sin duda muy particular por el hecho de que a estos lugares sólo pueden sentarse los que van a consumir algo, porque si no, son prácticamente desechables.
Leonel y Mario afirman que gran parte de su popularidad se debe a eso, al hecho de poder ir al Club, sentarse unas horas y conversar, para luego pararse y despedirse. “Nosotros no acosamos, el que quiera se compra lo que va a tomar, si no, también bienvenido sea desde que se porte bien”, dice Leonel.
Los temas de conversación nunca faltan, siempre hay algo que se discute en las mesas. Que la situación política, la plata, la vida, el pasado, el trabajo… infinidad de tertulias comienzan con un simple comentario. “Venga los sábados y ve que esto aquí se vuelve un gallinero con todos los señores hablando de una cosa y de la otra.
“Por ejemplo, en estos días habían unos que le tiraban flores a Uribe y eso llegaban otros ahí mismito a decirles que no, que ese presidente es igual de malo que los otros… no, no, no, eso fue una algarabía”, cuenta Mario entre risas a la vez que pregunta por otro famoso de la farándula nacional. Ese día, Neftalí se tomó su whisky a las seis en punto y Carlos no, por su pescuezo.
Fin de semana
“¡Leonel, un vodka y un ron por favor!” Grita alguien desde una mesa. Es viernes en la noche y el ambiente del bar así lo hace notar. “Aquí, fuera de lo típico, vendemos whisky, vodka, ginebra, brandy… esos normalmente se venden por trago”, señala Leonel en un vaivén de copas y botellas. El lugar está a reventar, son varios carros con luces intermitentes encendidas, lo que da un nuevo aspecto al Club, diferente al del día anterior. No se ven los mayores, hoy son más “jóvenes” los que albergan las mesas.
Dos señoras compran dos cervezas y se sientan a esperar a que la noche, sus prendas ajustadas y las canciones tropicales les dejen un par de príncipes. Quieren bailar, mueven los pies y menean sus cabelleras al ritmo de “…en Barranquilla se baila cumbia bien sabrosa”.
Casualmente, una de ellas es sacada a azotar baldosa por varios hombres, la otra tendrá que conformarse con otro aluvión de alcohol, más crispetas y naranjas, de pronto una mirada con desdén y una madreada interna a los hombres que no la invitan, disfrazando todo bajo una sonrisa tan falsa como los diamantes de sus aretes.
Al son de las copas, canciones como “Sabor a mí” de Toña la negra y “Usted es la culpable” de Luis Miguel se pasa la noche en El Club de los Tranquilos.
A pesar de que abre todos los días hasta altas horas de la noche, Leonel tiene a su mujer, Marcela Rodríguez, y junto a ella han criado a sus dos hijos, Leonardo – Ingeniero de la U de A, 23 años – y Natalí – estudiante de tercer semestre de Negocios Internacionales de la Luis Amigó, 19 años. – Mario por su lado, es soltero y no tiene familia, su único desvelo es el porvenir del negocio; tal es así que su casa está ubicada en el piso de arriba del bar, mientras Leonel habita en el mall de la 76.
Ambos son diferentes en varios aspectos: vestimenta, familia, hogar…pero definitivamente coinciden en tres factores: la estatura, su devoción al Deportivo Independiente Medellín y el saber que con ellos morirá el negocio. Las dos cabezas del Club llegaron a ese acuerdo.
El sueño de su padre se mantiene vigente, pero Leonel niega la ideología de que sus hijos continúen cuando él falte, por eso evita al máximo invitarlos. Mario apoya a su hermano, ha concluido que, a pesar de que faltan algunos años para que ocurra, El Club de los Tranquilos pasará a ser un recuerdo en la mente colectiva de una ciudad que les abrió las puertas como a su padre, les permitió un nuevo hogar, les regaló una familia, no sólo consanguínea, sino de amigos inseparables.
Saben los dos que algún día, de aquella columna azul embaldosada descolgarán el retrato de su padre, quien con una cerveza de botella helada hace un brindis por todo el bar. Lo bajarán de allí, sabrán que, por la vida que llevaron y por lo que dejaron, él estará tranquilo, como el nombre que inventó para su sueño. Switch off.